domingo, 31 de agosto de 2014

El monstruo de blanco aliento

Iris despertó con la tos de su esposo. Una nube de humo blanco le impedía abrir los ojos, incapaces de ver a su compañero de vida a pesar de los pocos centímetros que los separaban en la cama. Emiliano yacía a su lado, tratando de buscar una bocanada de oxígeno en ese nubarrón que inundaba su cuarto de 6 metros por 5. Seguía tosiendo en metralla. Casi sin parar. Buscando a tientas el brazo de Iris en medio del espesor de aquella cortina que, por más que trataba, no podía apartar de sus grandes ojos de miel.

—¿Viejito? ¿Qué te pasa, viejito? –preguntó Iris sobresaltada.

La respuesta de Emiliano fue la misma: una retahíla de toses e inhalaciones intercaladas con el mismo ahínco de los segundos anteriores.

Iris calzó sus sandalias plásticas para encender la luz en plena madrugada, bordear la cama matrimonial y llegar hasta la mesa de noche del lado de Emiliano, donde guardaba el nebulizador que le había comprado su hija para casos como estos. Preparó el equipo y lo dispensó ahí, sobre la cama, semi sentado y en medio de la nebulosa. Sacarlo de la habitación era inútil: el humo blanquecino estaba en todos los cuartos, en toda la casa, en toda la comunidad.

Ramsés Ulises Siverio

Comentario: En esta crónica se obtiene la atención del lector presentando el tema a través de el relato de una situación misteriosa y que despierta la curiosidad y el deseo de saber que ocurrirá con el destino del hombre.



El país que mata a sus presos

Todo el mundo sabe lo que pasó en la cárcel de El Porvenir y todo el mundo, especialmente Honduras, parece haberlo olvidado: cuando a las 9:10 de la mañana del 5 de abril de 2003, 10 minutos después de que estallara el motín, la Policía y el Ejército entraron a los patios con sus armas largas y sus pistolas, en teoría para poner orden, solo habían muerto cinco personas. Dos horas después, en aquel penal de una veintena de celdas se amontonaban 68 cadáveres.

José Luis Sanz

Comentario: En esta crónica se usa la curiosidad del público y su deseo de enterarse de un hecho muy conocido que ellos desconocen. Además se presenta el tema directamente y con alto impacto.



Lemebel y la vida después del cáncer

—Fue culpa del cigarro. Bueno, del cigarro y los excesos.

Pedro Lemebel lo reconoce como lo que es: una profunda herida a la altura de la garganta, que él cuenta a punta de sarcasmos. Su entrecortada voz, que a ratos es un áspero susurro, es el más fiel registro de esta zancadilla en su vida. Es finales de 2011, en una sala repleta de sus fanáticos en la Estación Mapocho. Él les anuncia que padece cáncer de laringe. Y luego agrega:

—Cómo es la vida… Yo arrancando del sida y me agarra el cáncer.

Quienes lo conocen no se espantan. Si hay algo que Lemebel nunca perderá es su sentido del humor.

Pedro Bahamondes 


Comentario: Este artículo muestra la actitud relajada de Pedro Lemebel respecto a su grave enfermedad y a los lectores les parecerá interesante esta diferente forma de ver esta situación.

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