El Mundo de Sofía
No soy la más sabia, pero tampoco sabionda.
Desde el momento en que se escuchaba el estridente sonido
del timbre que anunciaba el recreo y los pasos apresurados de los niños que corrían
hacia los juegos y los grupos de ruidosas pequeñas que jugaban alrededor de las
Barbies, de cabello desgreñado y de brillantes trajes. Una niña muy delgada se
sentaba quieta y silenciosa en un rincón del patio. Ella prácticamente no
pestañeaba y sus ojos se movían rápidamente de un lado al otro siguiendo las
letras de las páginas de algún libro. Este ritual se repetía casi todos los días.
Hasta el momento en que las risas se cortaban con otro fuerte chillido de la
campana del colegio y los alumnos regresaban a sus aulas arrastrando los pasos.
Esa niña que muchos podrían juzgar de solitaria
soy yo, o al menos lo era hace unos cientos de libros atrás. A través de las
lecturas, en las que invertí tanto tiempo y horas de juegos, viví mas aventuras
que los chiquillos que se perseguían en el patio de recreo y recorrí mas países
que un trotamundos.
Cada una de esas historias y personajes a los que
acompañe en sus aventuras conforman la argamasa que me conforma. Mi Doctor
Jekyll aparecía cuando obedecía a mis profesores y realizaba las tareas. Y mi Señor
Hide afloraba en el momento que le daba un susto a mi hermana que desprevenida
caminaba cerca de mi guarida de turno.
Con Platero y Yo aprendí a no solo querer a los
animales sino a amarlos y la experiencia me enseño que hay humanos que son más salvajes
que las propias fieras. El Principito me mostró la importancia de los amigos y
a conservar a los verdaderos porque se vuelven únicos e irremplazables.
Aprecie el cariño de mi familia y mucho más a mi
padre con el dolor de Zezé y la pérdida de Portuga en Mi Planta de Naranja
Lima. Y comprendí mi riqueza, no solo material, comparada con la carencia de
Los Gallinazos Sin Plumas.
Con los cuentos de hadas comprendí que yo prefería
luchar con dragones o brujas a esperar que me rescataran. Los mitos serranos de
terror que relataba mi abuelo como cuentos para dormir y todas las palabras
sobre las que pasaron mis ojos desde 100 años de Soledad a las historietas de
los periódicos me acompañan desde mi niñez.
Así aprendí que es preferible el talento que la
belleza, como Frida Kahlo. O que se debe levantar la voz y protestar si está
mal el mundo, como Mafalda. Y también espero ser tan fuerte como Úrsula Iguarán
a los 100 años.