lunes, 8 de septiembre de 2014

La presencia en la soledad


En la noche de su mayor triunfo, el lecho de Hermann Buhl fue una pequeña cornisa de piedra helada, era mecido por el viento de la montaña y el sonido que lo arrullaba en la oscuridad eran las voces de sus pensamientos. Cuando amanece, Buhl siente que ya no se encuentra solo, él tiene “una extraña sensación. Hay un compañero que lo protege, lo observa y lo cuida”. Esta sensación lo acompaña cuando retoma el descenso de la montaña y le da aliento para continuar.

El viaje de Buhl inicio en 1953, cuando el doctor Karl Herrligkoffer ambicionaba una meta continuamente perseguida por el alpinismo, pero hasta ese momento inconquistada, alcanzar la cumbre del Nanga Parbat.

Luego de un mes de trabajos infructuosos en la montaña. El equipo solo había alcanzado el campamento IV, a 6.150 metros; cuando Herrligkoffer ordena su retirada debido a la confirmación de la proximidad del monzón. A pesar de las advertencias cuatro alpinistas se resistieron a descender, quizás por perseverancia o terquedad, y esperaron que el clima mejore, lo que sucedió el 30 de junio, para continuar con el ascenso.

El 2 de julio Buhl y sus otros tres compañeros alcanzaron los 6.900 metros de altitud donde situaron el campamento V. Esa noche Kempter y Buhl acordaron salir juntos hacia la cumbre. A las dos de la madrugada, la hora acordada, Buhl fue el único que despertó, así que se lanzó solo a la conquista de la cumbre. En ese momento, con esa decisión, empieza la verdadera aventura de Buhl.

Aventura que terminaría 41 horas después, regresando más muerto que vivo al campamento V, avanzando como un autómata movido con la batería del Pervitin y por su propia perseverancia. Pero la gloria también tiene un precio, Hermann Buhl lo pagó con su propia carne, perdiendo dos dedos de los pies por causa de la congelación.

Aunque Hermann no hacia estas reflexiones cuando, luego de estar escalando durante horas, lo alcanza el amanecer del primer día y el cansancio empieza a hacer mella en su desempeño. Tomando la decisión de abandonar su mochila en un hoyo en la nieve, creyendo que regresaría esa tarde; continuando solo con la cantimplora llena de infusión de coca, unas pastillas de Pervitina (anfetaminas), el piolet, los bastones y la cámara.

A las dos de la tarde, se encuentra entre la antecima y la cumbre principal, a 7.820 metros de altitud. La sed y el hambre lo abruman, así que recurre a dos pastillas de Pervitin que en esa situación lo ayudan a avanzar más que sus propias herramientas. A esa altura sus metas han cambiado, ya no se enfoca en la cima del Nanga Parbat, sino en los pocos metros que alcanza su vista. Cada paso se convierte en una lucha para evitar desplomarse, no siempre lo logra.

A las siete de la tarde, un ser irreconocible se arrastra por la cresta de la montaña. Da sus últimos pasos con un esfuerzo de espíritu porque del físico ya lo abandono hace mucho. El espíritu perseverante y testarudo lo empuja a impulsarse hasta la roca que aunque cerca parece inalcanzable, pero al fin, ya no hay más pasos que dar. Hermann Buhl pisó el techo del Nanga Parbat.

Después de pasar la noche en una pequeña roca, Buhl continúa con su descenso y al medio día recupera la mochila, esta vacía. Se desploma y pierde la conciencia, el tiempo se esfuma mientras se encuentra tendido en la nieve. Emplea el Pervitin que lo impele a moverse. Si no logra alcanzar el campamento no sobrevivirá. Sigue bajando hasta que finalmente llega al refugio donde sus compañeros ya lo daban por muerto.

Cuatro años después, logró conquistar por primeara vez el Broad Peak con Kurt Diemberger, escribiendo otra pagina histórica del himalayismo. Días después Hermann Buhl desapareció intentando escalar el alpino Chogolisa, cuando una cornisa se hundió en medio de una tormenta. Pero murió en su ley en una demostración de perseverancia del espíritu humano.